sábado, 15 de septiembre de 2012

No hay mejor protesta que una sonada victoria sobre el césped


Este negocio que es la Liga española no es un modelo a seguir. Más bien, es un concepto denunciable. Si la sensatez hubiera preponderado entre sus gestores, en ningún caso se habría llegado al extremo actual. Siempre hubo ricos y pobres en el mundo del fútbol, aunque el sonrojante desequilibrio presupuestario existente en la actualidad en el balompié español, primer causante de las abismales diferencias deportivas entre los dos grandes y el resto de clubes, no tiene precedentes. Antes pisa el hombre la superficie de Júpiter que un equipo que no sea el Real Madrid o el Barcelona se proclama vencedor del campeonato doméstico. Lo parece, pero no es una exageración.


Por fortuna, el deporte no es una ciencia exacta. Si lo fuera, no tendría sentido su existencia. Esa incertidumbre es lo que le da la vida y, por mucho que cada vez más se empeñen en convertirlo en la excusa perfecta para mover muchísimo dinero, al fin y al cabo se trata de un juego. Una pelota, dos porterías, un árbitro, una serie de reglas que hay que cumplir y once contra once. Todos humanos, y cada uno de su padre y de su madre. Y resulta que a veces los once que deberían ganar terminan mordiendo el polvo ante los otros once, vasallos que se sublevan y asaltan el castillo del señor feudal que los oprime. «El fútbol es así, no hay rival pequeño», reza el tópico.

Así las cosas, uno de los pocos alicientes que tiene esta Liga que sólo pueden ganar dos de los veinte equipos que compiten es ver cómo uno de los grandes tiene un desliz un día cualquiera. Es difícil que ocurra, pues la diferencia de potencial es enorme, pero de vez en cuando pasa y salta la noticia. Eso es, precisamente, lo que va a intentar esta noche el Sevilla, que recibe en el Ramón Sánchez-Pizjuán al Real Madrid, vigente campeón de la Liga y ganador en sus dos últimas visitas al campo de Nervión por 2-6, resultados que, al margen de evidenciar la abismal diferencia entre unos y otros, reflejó igualmente la decadencia deportiva de un Sevilla que no hace demasiado tiempo osó mirar a los ojos a los dominadores del fútbol.

Este Sevilla no es el Sevilla que ganó seis títulos, pero no da la sensación de ser un mal equipo. Invicto en el arranque liguero —victoria como local frente al Getafe y sendos empates en Granada y Vallecas—, el bloque de Míchel tiene que demostrar que las buenas palabras vertidas por los altavoces de la entidad no son mera publicidad. Sólo si hace un gran partido tiene opciones de acabar sonriente. Para ello, se antoja imprescindible desplegar el nivel máximo de intensidad y concentración durante los noventa minutos; no cometer errores imperdonables en defensa; evitar que el Real Madrid practique su letal contraataque; y ser certeros en las ocasiones de gol que se tengan. No es fácil que todo se dé, pero si el Getafe lo consiguió hace unas semanas es porque no es imposible.

Tres dudas planean sobre el once titular que presente Míchel, quien aún no sabe lo que es ganarle a su Real Madrid. Dirigió cinco partidos y todos acabaron con derrota. Sólo minutos antes del choque se conocerá finalmente quién defenderá la portería. Palop o Diego López, he ahí el dilema. Aunque el segundo llegó al Sevilla para ser el guardameta titular, el capitán aprovechó su oportunidad mostrando buena forma contra el Granada y el Rayo. La defensa será la misma que jugó en Vallecas, mientras que está por ver si Trochowski mantiene su sitio junto a Medel y Rakitic en el triple pivote o si, por el contrario, el técnico prefiere apostar por Maduro, Kondogbia o, incluso, Campaña. Y, por último, no es descartable que, tal y como ha probado durante la semana, Luna, que se quedó fuera de la última convocatoria liguera, ocupe el puesto de extremo zurdo en detrimento de Manu del Moral.


El Madrid llegó anoche sin bajas. La Liga no ha hecho más que empezar, pero si pierde en el Sánchez-Pizjuán y el Barcelona derrota al Getafe, acabaría la jornada con ocho puntos de desventaja frente a su gran rival. Ojo.

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