martes, 4 de septiembre de 2012

Maduro y el viaje de residencia.



Hace calor, mucho. Y Monchi, el director deportivo del Sevilla, se prepara para dar una mala noticia. Lleva dos horas en la ciudad deportiva y le da vueltas a una misma frase. Se acerca al despacho de José Naranjo, jefe de los servicios médicos, y, junto el médico Juanjo Jiménez, del primer equipo, estudian, analizan cómo dar la mala noticia. Ya la conoce el presidente, José María del Nido, y también el entrenador, Míchel. El de San Fernando vivió una experiencia parecida 32 meses atrás cuando se tuvo que sentar junto a Sergio Sánchez y comunicarle que debía dejar de hacer lo que más le gustaba: jugar al fútbol. Y, de nuevo, volvió a sonar la misma cantinela…   En esta ocasión, con otro recién llegado, el holandés Hedwiges Maduro, todo se repetía con la ansiedad al recordar la desaparición de Antonio Puerta. «Sufres una anomalía congénita en el corazón y hay muchas posibilidades de que tengas que dejar el fútbol», le declararon casi al unísono. 


El futbolista, lejos de venirse abajo y aún perplejo por lo que acababa de escuchar, lo primero que apuntó, casi sin aliento, es que se operaría. Quizás por el escepticismo o, fruto de la tranquilidad que le había dado el pasar multitud de exámenes médicos en clubes como el Valencia o el Ajax y que en ningún caso se le detectara nada, Maduro parecía no encajar muy mal lo que le acababan de contar. Cogió su teléfono móvil y le mandó un mensaje a su representante, el afamado agente holandésRodger Linse, en el que le escribió: «Llámame, es urgente». Y salió por la puerta como si nada hubiera ocurrido, como si no fuera con él...

Al día siguiente el club, a través de los servicios médicos, ya tenía un protocolo de actuación. El primero con el que se consultó fue Francisco Trujillo, cardiólogo  del Hospital Universitario Virgen Macarena y componente del Centro Andaluz de Medicina del Deporte; a posteriori, se conoció la opinión de María del Carmen Adamuz, directora de la Unidad de Cardiología del Complejo Hospitalario de Jaén, para ponerse apenas unas horas después en contacto con Araceli Boraita, jefa del Servicio de Cardiología del Centro de Medicina del Deporte del Consejo Superior de Deportes. Se recomendó también la consulta a Domenico Corrado, experto cardiólogo de la Universidad de Padua, Italia, con el que se llegó al convencimiento de que lo más sensato era estudiar también el caso en el Texas Heart Institute en Houston, Estados Unidos, hospital en el que existe un departamento exclusivo de análisis del tipo de anomalías que presentaba Maduro. Y allí se fueron el futbolista y José Naranjo.

Durante cuatro días se le practicaron todo tipo de pruebas al holandés, muchas de ellas de carácter agresivo e invasivo. Pero al futbolista eso le daba igual. Quería volver a jugar y poco o nada le importaba el resto. Habló con sus padres cada noche, también con su hermano, y les recordó que su sueño no se podía desvanecer tan pronto. Hubo momentos, en la soledad del centro hospitalario, para repasar cada uno de los grandes momentos vividos, quién sabía si los últimos como profesional. Pero algo le decía que se volvería a poner las botas.

Eran las siete de la tarde en Houston, casi anocheciendo, y el responsable del hospital, Paolo Angelini, se sentó frente a Maduro y Naranjo: «Nos falta sólo una prueba, pero ya le puedo asegurar que puede usted volver a jugar... Le felicito enormemente», fueron sus palabras. El futbolista se abrazó al jefe de los servicios médicos y pronto llamaron por teléfono. El galeno lo hizo a Monchi para que le transmitiera a Del Nido la decisión de Angelini. El jugador, a sus padres y a su agente. Las horas se convirtieron en segundos, fruto del nerviosismo y la alegría. La noticia corría como la pólvora y el presidente, feliz por lo acontecido, y aprovechando el partido homenaje a Antonio Puerta (duelo ante el Deportivo), entró en el vestuario y les dijo a sus jugadores: «¡Maduro podrá volver a jugar!». Todos, absolutamente todos los futbolistas de la plantilla comenzaron a aplaudir. Algunos jaleaban, y otros, recibiendo la noticia con silencio y reflexión, se acordaron inevitablemente de Antonio Puerta.

Maduro acababa de entrar en los corazones de cada uno de los jugadores de la plantilla del Sevilla para siempre. Quedaba el camino de vuelta y el 2 de septiembre, día en el que volvió a vestirse de corto, los aplausos se lo ofrecieron ante sus propios ojos. Atrás había quedado ya el viaje de Hedwiges Maduro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario